novel
"Eso era lo que había sucedido. A aquel pobre hombre iban a adaptarlo forzosamente a la horrible época en la que le había tocado vivir."
Henry James
Literatura infantil. O escritores infantiles.
En 1972, en Chile, se publicó el libro “Para leer al Pato Donald”, de Ariel Dorfman y Armand Matterlart.
Yo no lo había leído, hasta ayer.
Les pego esto acá para que vean que, cuarenta años después, tampoco todo ha cambiado tanto. O tal vez sencillamente para que lean esto, si les da la gana, ya ni sé…
La Semana Roja
De este libro, que me parece muy interesante,
les scanneo rápidamente un capítulo que me parece muy interesante y pertinente, hoy, cien años después. (no dedicado a Newbery, sino a la historia de la Semana Roja)
[Clickl para ampliar, por supuesto…]
El amigo del mes
Llega tarde, o temprano, según se lo mire. No importa, él es así.
Realmente no sé mucho de él, y vale decir no sé, con altura.
Pero lo que sí sé es que desde la primera vez que leí algo, y leí poco, noté, como uno a veces nota, que el tipo tenía un valor inmenso y singular.
No voy a darles la lata, los que quieran saber, que empiecen por la Wiki.
Les dejo un texto, uno de los pocos que leí, que me parece que habla por si mismo.
Dede aquí, donde estés, Horacio, un fuerte abrazo. Nos vemos pronto.
La gallina degollada
Todo el día, sentados en el patio en un banco, estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos y volvían la cabeza con la boca abierta. El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida.
Otras veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón.
El mayor tenía doce años, y el menor ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal.
Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y mujer y marido, hacia un porvenir mucho más vital: un hijo: ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación?
Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció, bella y radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no conocía más a sus padres. El médico lo examinó con esa atención profesional que está visiblemente buscando las causas del mal en las enfermedades de los padres.
Después de algunos días los miembros paralizados recobraron el movimiento; pero la inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del todo; había quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de su madre.
-¡Hijo, mi hijo querido! -sollozaba ésta, sobre aquella espantosa ruina de su primogénito.
El padre, desolado, acompañó al médico afuera.
-A usted se le puede decir; creo que es un caso perdido.
Podrá mejorar, educarse en todo lo que le permita su idiotismo, pero no más allá.
-¡Sí...! ¡sí...! -asentía Mazzini-. Pero dígame; ¿Usted cree que es herencia, que...?
-En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a su hijo. Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada más, pero hay un soplo un poco rudo. Hágala examinar bien.
Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor a su hijo, el pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo más profundo por aquel fracaso de su joven maternidad.
Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo. Nació éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los dieciocho meses las convulsiones del primogénito se repetían, y al día siguiente amanecía idiota.
Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su amor estaban malditos! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza e inteligencia como en el primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como todos!
Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un loco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitióse el proceso de los dos mayores.
Mas, por encima de su inmensa amargura, quedaba a Mazzini y Berta gran compasión por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más honda animalidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo abolido. No sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los obstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Animábanse sólo al comer, o cuando veían colores brillantes u oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener nada más. Con los mellizos pareció haber concluido la aterradora descendencia. Pero pasados tres años desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la fatalidad.
No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba, en razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondía en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las cuatro bestias que habían nacido de ellos, echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio específico de los corazones inferiores.
Iniciáronse con el cambio de pronombre: tus hijos. Y como a más del insulto había la insidia, la atmósfera se cargaba.
-Me parece -díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las manos- que podrías tener más limpios a los muchachos.
Berta continuó leyendo como si no hubiera oído.
-Es la primera vez -repuso al rato- que te veo inquietarte por el estado de tus hijos.
Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada:
-De nuestros hijos, ¿me parece?
-Bueno; de nuestros hijos. ¿Te gusta así? -alzó ella los ojos.
Esta vez Mazzini se expresó claramente:
-¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?
-¡Ah, no! -se sonrió Berta, muy pálida- ¡pero yo tampoco, supongo...! ¡No faltaba más...! -murmuró.
-¿Qué, no faltaba más?
-¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería decir.
Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla.
-¡Dejemos! -articuló, secándose por fin las manos.
-Como quieras; pero si quieres decir...
-¡Berta!
-¡Como quieras!
Este fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables reconciliaciones, sus almas se unían con doble arrebato y locura por otro hijo.
Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma, esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los padres pusieron en ella toda su complacencia, que la pequeña llevaba a los más extremos límites del mimo y la mala crianza.
Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita olvidóse casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo.
No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de su hija echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencores de su descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo para que el vaso no quedara distendido, y al menor contacto el veneno se vertía afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdido el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel fruición, es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una persona. Antes se contenían por la mutua falta de éxito; ahora que éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale forzado a crear.
Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban casi todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda remota caricia.
De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de las golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, la criatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el temor a verla morir o quedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga.
Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los fuertes pasos de Mazzini.
-¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces...?
-Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito.
Ella se sonrió, desdeñosa:
-¡No, no te creo tanto!
-Ni yo, jamás, te hubiera creído tanto a ti... ¡tisiquilla!
-¡Qué! ¿Qué dijiste...?
-¡Nada!
-Sí, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier cosa a tener un padre como el que has tenido tú!
Mazzini se puso pálido.
-¡Al fin!- murmuró con los dientes apretados-. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que querías!
-¡Sí, víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos ¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi padre no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos!
Mazzini explotó a su vez.
-¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale al médico quién tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón picado, víbora!
Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita selló instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la ligera indigestión había desaparecido, y como pasa fatalmente con todos los matrimonios jóvenes que se han amado intensamente una vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto hirientes fueran los agravios.
Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella lloró desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una palabra.
A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina.
El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo de conservar frescura a la carne), creyó sentir algo como respiración tras ella. Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la operación... Rojo... rojo...
-¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina.
Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en esas horas de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esa horrible visión! Porque, naturalmente, cuando más intensos eran los raptos de amor a su marido e hija, más irritado era su humor con los monstruos.
-¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo!
Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su banco.
Después de almorzar, salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires, y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron, pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija escapóse en seguida a casa.
Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol había traspuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca.
De pronto, algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de cinco horas paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda. Al fin decidióse por una silla desfondada, pero faltaba aún. Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instinto topográfico hízole colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó.
Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba pacientemente dominar el equilibrio, y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos tirantes. Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más.
Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana, mientras una creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña, que habiendo logrado calzar el pie, iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente, sintióse cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo.
-¡Suéltame! ¡Déjame! -gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída.
-¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! -lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse del borde, pero sintióse arrancada y cayó.
-Mamá, ¡ay! Ma...
No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida segundo por segundo.
Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija.
-Me parece que te llama -le dijo a Berta.
Prestaron oído inquietos pero no oyeron más. Con todo, un momento después se despidieron, y mientras Berta iba a dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio.
-¡Bertita!
Nadie respondió.
-¡Bertita! -alzó mas la voz ya alterada.
Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la espalda se le heló de horrible presentimiento.
-¡Mi hija, mi hija! -corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror.
Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso conteniéndola:
-¡No entres! ¡No entres!
Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro.
Horacio Quiroga
Cuentos de amor, de locura y de muerte, 1917
Por qué me gusta la internel
Yo estaba, muy inocentemente, buscando la respuesta a auna pregunta (que a este momento sigue sin respuesta):
¿Por qué los viejos huelen a viejo?
Y entonces, viendo los resultados en Google, me encuentro con un título
Cosas viejas - Guy de Maupassant
Y entonces me acuerdo de mi amigo Guy, y en dos minutos pasé de buscar sobre el olor a viejo, a leer en una página un texto muy lindo de Guy, que les transcribo por si les interesa:
| Querida Colette:
No sé si recordarás un verso del ¡señor de Sainte-Beuve, que juntas leímos y que ha quedado grabado en mi pensamiento; porque este verso me dice a mí muchas cosas, y en repetidas ocasiones, sobre todo desde hace algún tiempo, tranquiliza mi corazón. Helo aquí:
¡Nacer, vivir y morir en la misma morada!
Actualmente estoy sola en esta casa donde nací, donde he vivido y donde espero acabar mis días. Esto no es muy alegre que digamos, pero es dulce, porque aquí me hallo rodeada de recuerdos.
Mi hijo Enrique es abogado: pasa aquí dos meses cada doce. Juana habita con su esposo en la otra extremidad de Francia, y yo soy quien va a verla todos los otoños. Me hallo, pues, aquí sola, completamente sola, pero rodeada de objetos familiares, que sin cesar me hablan de los míos, de los muertos y de los ausentes.
No leo mucho, soy vieja; pero pienso sin cesar o, mejor dicho, sueño. ¡Oh! ¡Y ya no sueño a la manera de otro tiempo! ¿Recuerdas nuestras locas ocurrencias, las aventuras que combinábamos en nuestros cerebros de veinte años y todos los entrevistos horizontes de felicidad?
Nada de todo aquello se ha realizado; o mejor dicho, lo que ha tenido efecto es otra cosa menos deliciosa, menos poética, pero satisfactoria para los que saben tomar valientemente un partido en la vida.
¿Sabes por qué las mujeres somos desgraciadas con tanta frecuencia? Porque cuando jóvenes se nos enseña a creer demasiado en la dicha. Jamás se nos educa en la idea de que hay que combatir, luchar y padecer. Y, al primer choque, nuestro corazón se hace añicos; esperamos, abierta el alma, los torrentes de acontecimientos felices. No los vemos pasar más que semibuenos, y sollozamos inmediatamente. La dicha, la verdadera dicha de nuestros sueños, he aprendido a conocerla. No consiste en la venida de una gran felicidad, porque las grandes felicidades son muy raras y muy cortas, sino que reside, sencillamente en la espera infinita de una serie de alegrías que no llegan jamás. La dicha es la espera feliz, es el horizonte de esperanzas; es, pues, la ilusión inacabable. Si, querida amiga; lo único bueno son las ilusiones, y vieja como soy, aún las tengo nuevas a diario; sólo que siendo los mismos mis deseos, han cambiado de finalidad. Te dije antes que soñando paso la mayor parte del tiempo. ¿Qué otra cosa podría hacer? Y tengo dos maneras de soñar. Voy a comunicártelas; tal vez te sean útiles.
¡Oh! La primera es muy sencilla; consiste en sentarme junto al fuego, en un sillón bajito y tan blando como mis viejos huesos lo requieren, y transportarme a los acontecimientos que pasaron.
¡Qué corta es una vida! Sobre todo las que transcurren por entero en el mismo sitio.
Los recuerdos están amontonados, pegados unos a otros; y cuando se es vieja, parece en ocasiones que hace apenas diez se era joven. Sí; todo se deslizó como si se tratara de un día: mañana y tarde; y llega la noche, ¡la noche sin amanecer!
Mirando horas y horas al fuego, el pasado renace como si entre él y el presente mediara sólo un día. No se sabe ya dónde se está; el sueño se le lleva a una; se atraviesa nuevamente toda la propia existencia entera.
Y en ocasiones me hago la ilusión de que soy una niña; tantas y tales son las impresiones de otro tiempo, las sensaciones de juventud, hasta los impulsos, los latidos de corazón, toda esa savia de los dieciocho años; y tengo, claras como realidades nuevas, extrañísimas visiones de cosas olvidadas.
¡Oh! ¡Cómo me asaltan entonces los recuerdos de mis paseos de muchacha! Allí, en mi sillón, delante de la chimenea, volvía a ver de un modo raro hace varias tardes una puesta de sol en el Monte de San Miguel, y a continuación una cacería en el bosque de Uville, con el olor de la tierra húmeda y los perfumes de las flores bañadas de rocío, y con el calor del gran astro hundiéndose en el agua y la tibieza mojada de sus primeros rayos mientras galopaba por el soto. Y todo lo que pensé entonces, mi exaltación poética ante las infinitas lejanías del mar, el vivo e intenso goce que experimentaba al rozar los ramajes, mis menores ideas, todo, los pequeños trozos de ensueño, de deseo y de sentimiento, todo, todo me vino a la imaginación cual si me hubiera estado ocurriendo, como si después no hubiesen transcurrido cincuenta años, enfriando mi sangre y cambiando enormemente mis esperanzas.
Pero mi otra manera de revivir el pasado es mucho mejor.
Sabrás, o no sabrás, querida Colette, que en casa nada se destruye. Tenemos arriba, en el desván, un gran aposento destinado sólo a los objetos ya inútiles, llamado «la habitación de las cosas viejas». Todo lo que se pone inservible es encerrado allí. Muchas veces subo a este aposento y miro a mí alrededor. Entonces encuentro gran número de insignificancias en las cuales no se me había ocurrido pensar, y que me recuerdan otras tantas cosas. No son esos benditos muebles amigos que conocemos desde nuestra niñez y a los cuales va unido el recuerdo de acontecimientos, de alegrías o de tristezas; fechas de nuestra historia, que han tomado, a fuerza de confundirse en nuestra vida, una especie de personalidad, una fisonomía; que son los compañeros de nuestras horas dulces o sombrías, los únicos compañeros, ¡ay!, que estamos seguros de no perder, los únicos que no mueren como los otros, aquellos cuyas facciones, cuyos amantes ojos, cuya boca y cuya voz desaparecieron para siempre. En la confusión aquella, encuentro chucherías estropeadas, esas viejas cosillas insignificantes que rodaron por espacio de cuarenta años junto a nosotros, sin que nunca nos fijásemos en ellas, y que, cuando de pronto se vuelven a ver, toman una importancia, una significación de testigos antiguos. Me hacen el efecto de esas personas a quienes se vio tiempo infinito sin que se revelasen, y que, de repente, una tarde, por un motivo fútil, se desbordan en una charla inacabable, contando acerca de sí mismas unas cosas que ni siquiera se sospechaban.
Y voy de un objeto a otro con ligeras sacudidas en el corazón, exclamando: «¡Toma! Esto yo lo rompí; y lo rompí el día que Pablo marchó a Lyón», o bien: «¡Ah!, ésta es la pequeña linterna de mamaíta; aquella linterna que empleaba para ir a la iglesia las noches de invierno.»
Hasta encuentro cosas que no me dicen nada, que vienen de mis abuelos: cosas que no conoció ninguna de las personas vivas hoy, cuya historia, cuyas aventuras no sabe nadie; a cuyos propietarios nadie conoció. Nadie vio las manos que las sobaron ni los ojos que las miraron. ¡Y éstas me hacen pensar mucho tiempo! Representan para mí a seres abandonados, cuyos últimos amigos fallecieron.
Tú, mi querida Colette, no debes comprender esto, y te van a hacer reír mis tonterías, mis infantiles y sentimentales manías. Eres parisiense, y ustedes las parisienses no conocen esta vida interna, estas excursiones al propio corazón. Ustedes viven exteriormente, con todos sus pensamientos al aire libre. Como paso la existencia sola, no puedo hablarte más que de mí. Cuando me contestes, háblame de ti un poco, que pueda yo ponerme en tu lugar, como te podrás tú poner mañana en el mío.
Pero tú no comprenderás nunca por entero el verso del señor de Sainte-Beuve:
¡Nacer, vivir y morir en la misma morada!
Mil besos de tu antigua amiga,
Adelaida | |
El Pulpo Negro
El Pulpo Negro es una serie argentina que más de uno recordará, aunque sea vagamente, otros habrán escuchado por ahí, y otros, que no faltan, no tendrán ni idea.
La serie es hoy en día casi de culto, más que nada porque no se repitió (o hace mucho tiempo que no) en televisión abierta (no recuerdo tampoco haberla visto en Volver), contaba con Narciso Ibañez Menta, y era muy buena. Ah, y es difícil de conseguir.
Lo primero sería hablar de Narciso, pero eso merecería uno o varios posts aparte. Además, yo no sé mucho. Pero sé que alcanza con verle la cara para enteneder muchas cosas, y que imdb, wikipedia y cosas por el estilo pueden darnos suficiente información. Narciso era, para mí, primo hermano (o hasta incluso hermanastro) de Vincent Price. [Para más detalles, preguntar por gerund]
La cuestión es que me conseguí una copia completa, en muy baja calidad, bajada de VHS, de EPN. Como suele pasar, la calidad es tan buena en su esencia, que importa poco cómo se vea (bueno, no importa poco, pero no importa tanto en copmaración)
He aquí una listilla, como nos gusta:
• El lenguaje: mezclas rarísimos de “tomá” y “has comenzado”, pasando por “dímelo”s. En fin, una cosa rarísima, por de moda por aquellos años en la TV argentina.
• La persona que debería dar miedo (y lo hace) es Narciso, obvio. Pero a mí siempre me parece mucho más diabólica Marta, la mujer y secuaz. Mucho más.
• La posibilidad de ver (recordar) la ciudad y las afueras, hace treinta años.
• La música. Que si bien es obvia y exagerada en general, completa un producto afín de manera muy correcta.
• Las actuaciones. En general malas, no todas, pero con ese aire de película clase B en la que no importa tanto tampoco, nadie actúa mal pretendiendo ser genial: actúan mal, o medio pelo, y ya.
• La historia en sí de EPN, o sea Narciso, o sea De Rodas, o sea… en fin.
• Hay una cosa interesantísima en el uso de los teléfonos. Por un lado, se podría analizar el recurso desde un punto de vista semiótico, o simplemente fílmico; pero hay más. Puedo equivocarme, producto de no haber querido chequear, pero me parece que la serie destila un espíritu de la época: el espíritu de, finalmente, poder tener teléfono en casa. Los más viejos recordarán qué caro y difícil era, en esos días, conseguir una línea nueva; o hacer que la que teníamos anduviera.
Hay un exceso de teléfonos. Están en todas las tomas, en todas las oficinas y casas, y forman parte esencial de la mayoría de las tomas, y por supuesto, de la historia.
Hay, además, un error muy infantil, que más que dar bronca es divertido, en base a una confusión, casi imperdonable hoy, entre tener dos aparatos y tener dos líneas. (es cierto que el error, con mucho ahínco y buena intención, podría ser explicado –si algún memorioso recuerda el uso del 115- pero incluso esto viene después a quedar invalidado por la toma siguiente, donde se ven dos cables).
• Algunos actores, que no llegaron nunca a ser luminarias, jóvenes. Y otros —y seguro que ustedes inmediatamente sin quererlo van a engrosar esta lista mentalmente— que parecen haber sido siempre, desde hace treinta años, viejos.
• Da miedo. Todavía da miedo.
Es lo que sucede cuando uno hace algo bien hecho, y no agarra cualquier historia pedorra y la llena de primerísimos primeros planos, sangre, sustos aniñados, etc. Da miedo porque recurre a esas cosas que desde siempre han hecho al hombre mear los pantalones. Eso, bien tratado, da miedo.
• El “acento” de Narciso.
• No hay profesores. Pero hay un escritor…
• Ah, y otro elemento hermoso: la radio…
• El tono de voz, indescriptible, del Inspector Mendoza.
• El elemento paranormal, espiritista.
• La escena de la ducha, infaltable en cualquier producción de terror/suspenso que se precie.
• Eran épocas de EnTel. Pese a todos los años que pasaron, y los motivos que nos dieron par ahacernos creer que la privatización era una gran idea, el modus operandi de esa empresa es tan similar al de las actuales, que dan escalofríos. Y pena.
• Los acertijos. Además de ser un elemento por demás admirado por nosotros, como ya todos habrán notado, le aportan mucho a la historia. Y, además, son posibles. Son difíciles, un poc, sí, pero si uno se toma el tiempo de poner pausa y jugar, son interesantes.
• Es excelente. Excelente.
Fui escribiendo el post mientras la veía, y ahora que terminó, no sé qué más decirles. Véanla.
Vean los primeros minutos. Si no se enganchan…
Ah, y Narciso va a estar este mes ahí al lado, ya saben…
Interpretistas
Esto es lo que, bastante a menudo, me saca las ganas de leer críticos, y me aburre –y malhumora- en las clases de literatura.
Capaz, a alguien más le pasa…
(el comics es de acá)
¿Yo soy el último sonso en enterarse que Hugh Laurie sacó un libro?
¿O la data es vieja, y se me pasó? ¿O se me pasó hace poco?
¿O me avisaron y no me acuerdo?
¿O soy groso y nadie sabía?
Como sea: alguien que viaje y me lo traiga en inglés, por favor. Gracias.
(Chusmeé la versión en castellano de Planeta, y el Test Subjuntivo de Calidad –que ha demostrado ser efectivo en casi un 90% de las ocasiones– lo ha dado como muy bueno)
Now is the night of a hard day made glorious…
Esto es Peter Sellers, recitando un tema de los Beatles, a la vez que parodiando la versión de 1955 de Lawrence Olivier de Ricardo III, de Shakespeare.
Acá, la extraordinaria versión de Olivier (embedding disabled by request… grr...) de las primeras líneas de la obra.
Les dejo un pasaje de la peli, que se consigue y es muy buena. Enjoy!
Seminario de lectura de clásicos
Ahí tienen toda la info.
Cabe destacar que es gratuiro, y de entrada libre (vale decir que no es necesario pertenecer al Instituto, ni tener ningún tipo de conocimiento previo).
Me consta que es muy interesante, y que las profesoras son muy buenas (yo al menos puedo dar fe de la que se ocupa de nuestro querido Chespir)
Chespir era trapito
En torno a Shakespeare hay muchas teorías, y todas son igualmente comprobables y creíbles, o no. Bueno, todas no, pero la mayoría.
Y una de esas, bastante probable, es que empezó su carrera como hombre de teatro trabajando de horse tender, lo que no es ni más ni menos que el señor que se quedaba afuera cuidando el equino mientras la gente de dinero disfrutaba del show.
Menos mal que Londres no iba a estar buena en esos días…
J.D.S.
Boy, when you’re dead, they really fix you up. I hope to hell when I do die somebody has sense enough to just dump me in the river or something. Anything except sticking me in a goddam cemetery. People coming and putting a bunch of flowers on your stomach on Sunday, and all that crap. Who wants flowers when you’re dead? Nobody. ~J.D. Salinger, The Catcher in the Rye, Chapter 20Loco, cuando te morís sí que te arreglan. Espero mal que cuando me muera alguien tenga el criterio suficiente como para tirarme al río o algo así. Cualquier cosa antes de que me metan en un puto cementerio. Y que la gente venga y te tire flores en la panza los domingos, y toda esa mierda. ¿Quién quiere flores cuando está muerto? Nadie.
~J.D. Salinger, The Catcher in the Rye, Capítulo 20
Elige tu propia aventura
Bueno, ya casi estamos.Acá pueden ir viendo el blog, y empezar a suscribirse y a seguirlo. Hay un post de prueba, en el que pueden dejar todas sus sugerencias y comentarios, que sin duda serán desoídos (salvo que ocurra lo contrario).
A su vez, pueden empezar a avisarle a sus amigos y familias (?), porque recuerden que no es un blog que pueda leerse más luego, hay que leerlo en el momento, y votar; leerlo después de eso ya no es tan divertido, porque ya podés ver cómo siguió la cosa...De modo que, como les digo, cuanta más gente, mejor. (en realidad no es eso lo que dije, pero si no lo aclarara acá, nadie lo habría notado, ¿eh?)
Gracias a gerund por el diseño, que es todo de ella (salvo las partes que se afanó) y por la ayuda con la dirección. Que de paso conviene explicar: las obvias estaban todas usadas, así que nos pareció que Tu nombre en clave es Jonás es el título que en general más se recuerda de la serie (y uno particular, porque La huída no es muy llamativo, realmente).
Entonces: http://tunombreenclaveesjonas.blogspot.com/
Dejen ahí sus comentarios y todas esas cosas, largamos en breve...
Educando al soberano
Predicción
Quiero adelantarme, porque ya sé que dentro de cuatro minutos, y por los próximos cuatro meses, todo el mundo se va a acordar que leyeron una vez dos líneas, y escucharon una canción, o vieron un cuentito, y les gustó, y como todos dicen que era así, ellos también lo harán, y dirán que Benedetti era grosso, y esto y aquello.Benedetti era un pelotudo.
Alguna vez tuvo conciencia social, o estuvo comprometido, o algo, tal vez. Tal vez.
Tal vez escribió alguna vez algo inteligente, tal vez. (las probabilidades están de su lado: si tepasás la vida escribiendo, tarde o temprano, algo te va a salir interesante).
Tal vez alguna vez, algo. Pero hacía ya mucho que no.
Era cursi, vacío, repetía una fórmula, carecía de cualquier cosa parecida a la novedad o la frescura, y seguía siempre sonando a "somos mucho más que dos".
Y ahora todos van a ser fans del señor, y su obra se va a revalorizar y a reeditar, y esto y quello, y vendrán los mensajes en Twitter, y los grupos y las invitaciones en Facebook, y habrá cadenas de mails, y los señores que dicen saber de o interesaarse por (o bien lucrar con) la literatura llenarán sus bocas de palabras, y hasta alguna lágrima rodará.
Benedetti era un pelotudo, y se murió como todos vamos a morirnos.
Tanta gente inteligente e importante ha muerto -y tantos otros quedan vivos- que no vale la pena armar tanto escándalo.
Que en paz descanse.














